Siento profundamente que este silencio siga pesando sobre ti. No quiero ofrecer palabras que intenten llenar ese vacío antes de haber estado contigo en él, porque sé que el dolor de sentir a Dios ausente es una herida real y sagrada que merece ser respetada, no explicada apresuradamente.
En ese lugar de desconcierto y anhelo, quizás resuene algo de la propia experiencia de Job, tal como la recoge Benedicto XVI:
«¿Quién me otorgará que lo conozca y lo encuentre, y llegue hasta su trono? [...] Para saber las palabras con que me responda, y entender qué me dice. ¿Acaso contenderá conmigo con mucha fuerza? [...] Y por eso estoy turbado ante su presencia, y considerándolo, el temor me inquieta. Dios ha ablandado mi corazón y el Omnipotente me ha conturbado» [2].
Este clamor no es una falta de fe, sino la voz de quien sigue buscando a Dios incluso cuando no logra escucharlo. Me pregunto si, en medio de esta oscuridad, podría haber un espacio para permitir que esa búsqueda misma sea una forma de oración, aunque ahora mismo se sienta únicamente como dolor y pregunta. A veces, el silencio de Dios no es un abandono, sino un misterio que nos invita a permanecer en la tensión sin exigir una resolución inmediata, confiando en que Él escucha incluso aquello que nosotros no logramos formular.
¿Ha sido este acompañamiento un poco de alivio para lo que estás viviendo, o sientes que falta algo para abrazar mejor tu pregunta?