¿Por qué Dios permite el sufrimiento?

Siento que esta pregunta no llega como una idea abstracta, sino como un peso real que se lleva en el cuerpo y en el silencio. Antes de buscar cualquier palabra que intente explicar lo que a veces no tiene explicación humana, quiero simplemente reconocer que ese dolor es válido y que Dios no se asust

Siento que esta pregunta no llega como una idea abstracta, sino como un peso real que se lleva en el cuerpo y en el silencio. Antes de buscar cualquier palabra que intente explicar lo que a veces no tiene explicación humana, quiero simplemente reconocer que ese dolor es válido y que Dios no se asusta de él ni se aleja cuando lo nombramos.

En medio de esa oscuridad donde la razón no alcanza, la tradición nos recuerda que incluso los más grandes creyentes han sentido ese mismo vértigo ante el silencio divino. Benedicto XVI nos recuerda que no estamos solos en ese grito, y que la oración misma puede ser ese lugar donde el dolor se sostiene sin necesidad de entenderlo todo de inmediato:

«Cierto, podemos quejarnos ante Dios por los dolores presentes en el mundo, que parecen incomprensibles e injustificables. Así expresa Job su dolor: "¿Quién me diera el saber dónde hallarle, para llegar hasta su trono? [...] Quisiera saber las palabras con que me respondiera, y entender lo que me dijera. ¿Emplearía contra mí su gran fuerza? [...] Por eso, ante su rostro estoy turbado y, al considerarlo, me siento estremecido. Dios ha ablandado mi corazón y el Omnipotente me ha turbado"» [3].

Quizás lo más honesto ahora no sea exigir una respuesta intelectual, sino permitir que ese «ablandamiento» del corazón ocurra en la presencia de Aquel que también sufrió. Santa Teresa de Jesús narra cómo, ante un alma afligida que sentía no tener nada que ofrecer en medio de su pena, fue el propio Cristo crucificado quien transformó ese vacío en una misteriosa unión:

«Quizás le responderá lo que a una persona que estaba muy afligida delante de un crucifijo en este punto, considerando que nunca había tenido qué dar a Dios ni qué dejar por Él: díjole el mismo Crucificado, consolándola, que Él le daba todos los dolores y trabajos que había pasado en su Pasión, que los tuviese por propios, para ofrecer a su Padre» [5].

No se trata de que el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino de que en él hay Alguien que ya estuvo allí y que, en lugar de explicarlo desde fuera, nos ofrece compartir su propia cercanía cuando todo lo demás falla.

Espero que estas palabras hayan podido acompañarte un poco en este momento, sin prisas ni respuestas forzadas. ¿Te ha servido sentirte escuchado en esta pregunta, o hay algo más en ella que aún necesitas expresar?

Estas son las palabras de los santos y de la tradición. Si esta también es tu pregunta, habla directamente con Faith — gratis, privado, sin necesidad de cuenta.
¿Tu respuesta al porqué?

Fuentes

  1. [1] Benedictus XVI — Deus Caritas Est
  2. [2] Santa Teresa de Jesús — El Castillo Interior
  3. [3] Benedictus XVI — Deus Caritas Est
  4. [4] Santa Teresa de Jesús — El Castillo Interior
  5. [5] Santa Teresa de Jesús — El Castillo Interior
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