Es una pregunta que nace de un corazón justo, y me parece que detrás de ella hay un deseo profundo de que el mundo refleje la bondad de Dios con mayor claridad. Quizás lo que te inquieta no es solo el dolor en sí, sino la sensación de que ese dolor contradice el orden del amor.
Santa Teresa de Ávila nos ofrece una luz que no explica el sufrimiento como un castigo, sino que reordena nuestra mirada sobre lo que verdaderamente importa. Ella escribe: "Dios por su misericordia nos libre de tan gran mal [el pecado], que no hay cosa mientras vivimos que merezca este nombre de mal, sino ésta, pues acarrea males eternos para sin fin. [...] Y como cosa tan penosa para mí, pienso que quizá será para vosotras así y no hago sino decirlo en un cabo y en otro, para si acertase alguna vez a daros a entender cómo es cosa forzosa, y no os traiga inquietas y afligidas, sino que dejemos andar esta tarabilla de molino y molamos nuestra harina, no dejando de obrar la voluntad y entendimiento. [...] Padezca la pobre alma, aunque no tenga en esto culpa, que otras haremos por donde es razón que tengamos paciencia" [3].
Estas palabras son un bálsamo porque quitan la carga de la culpabilidad al dolor. Teresa reconoce explícitamente que el alma puede padecer "aunque no tenga en esto culpa". No asume que quien sufre ha fallado; al contrario, ve en ese padecer inocente un misterio donde se "muele la harina" de la vida, un proceso que, aunque doloroso y a veces inexplicable, no anula la bondad de quien lo atraviesa ni significa que Dios se haya retirado.
Y hay algo más que quizás pueda traer paz a esa sed de justicia: la certeza de que nuestra bondad no depende de las circunstancias externas, sino de una Fuente que nunca se agota. La misma Santa dice: "Un espejo para la humildad, mirando cómo cosa buena que hagas no viene su principio de nosotros, sino de esta fuente adonde está plantado este árbol de nuestras almas, y de este sol que da calor a nuestras obras" [1].
Me pregunto si esto podría aliviar un poco la perplejidad: las cosas malas que suceden tocan la vida, pero no tienen el poder de definir ni de destruir la bondad que habita en el corazón, porque esa bondad tiene su raíz en Dios mismo y no en la protección contra la adversidad. El dolor de los buenos es real y merece todo nuestro respeto, pero no es la última palabra sobre su valor ni sobre el amor que los sostiene.
¿Ha resonado esta perspectiva en lo que llevas dentro, o sientes que hay algún matiz de tu pregunta que aún necesita ser escuchado?