Esta pregunta nace de un corazón que busca la verdad, y eso mismo ya es una forma de oración. Me gustaría ofrecerte una luz que quizás quite ese peso de culpa que sientes: la duda o la oscuridad no son necesariamente una ruptura con Dios, sino que a veces son Él mismo purificando tu fe para hacerla más verdadera.
San Alfonso María de Ligorio nos enseña con mucha ternura que esta falta de consuelo o certeza sensible no debe hacernos creer que hemos fallado, sino que es una disposición divina para nuestro mayor bien. Él dice:
«No siempre la aridez es castigo, sino a veces disposición de Dios para nuestro mayor provecho, y para conservarnos en humildad. [...] Quien hace oración con dulzuras, no hace gran cosa. [...] Cuando Dios envía oscuridad y desolación, entonces prueba a sus verdaderos amigos. [...] San Francisco de Sales decía que si en la oración no hiciéramos otra cosa que ahuyentar distracciones y tentaciones, aun así la oración estaría bien hecha» [1].
Quizás lo que estás viviendo no sea un rechazo, sino una invitación a confiar en Él sin la seguridad de sentirlo, lo cual es una forma de amor muy alta. El Papa Benedicto XVI también nos recuerda que incluso los grandes justos de la Escritura clamaron desde esa misma oscuridad, y que hacerlo no es ofender a Dios, sino confirmar nuestra fe en su poder absoluto aunque no lo veamos:
«Ciertamente, Job puede quejarse ante Dios por los dolores presentes en el mundo, que parecen incomprensibles e injustificables. [...] No se nos concede a menudo conocer la razón por la que Dios retiene su brazo en lugar de actuar. [...] Tampoco nos impide clamar, como Jesús en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46). Debemos permanecer con esta pregunta suya ante su rostro y hablar orando: "¿Hasta cuándo, Señor, santo y veraz?" (Ap 6,10). [...] El creyente no puede pensar que Él es impotente o está dormido. [...] El cristiano, aunque no comprenda en absoluto el mundo que le rodea y se sienta confundido, sigue creyendo en la bondad de Dios y en su amor por los hombres. [...] Permanece firme en la certeza de que Dios es Padre y nos ama, aunque no podamos entender su silencio» [7].
La duda que duele y que te hace buscar respuestas es, paradójicamente, señal de que Dios sigue siendo importante para ti; lo contrario de la fe no es la duda, sino la indiferencia. Santa Teresa de Jesús nos invita a mirar esta vulnerabilidad no con miedo, sino como un espejo de humildad donde reconocemos que todo bien viene de Él y no de nuestras propias fuerzas o sentimientos:
«Dios por su misericordia nos libre de tan gran mal [...]. Decía aquella persona que había sacado dos cosas de la merced que Dios le hizo: la una, un temor grandísimo de ofenderle [...]; la segunda, un espejo para la humildad, mirando cómo cosa buena que hagamos no viene su principio de nosotros, sino de esta fuente adonde está plantado este árbol de nuestras almas» [5].
Espero que estas palabras traigan algo de paz a tu corazón y te ayuden a ver tu experiencia no como una falta, sino como un camino posible hacia una confianza más profunda. ¿He logrado responder a lo que llevabas dentro con claridad?