Entiendo que esta pregunta no nace de la indiferencia, sino de una herida que todavía duele y de un deseo sincero de sanar. Perdonar cuando el daño ha sido profundo es un camino que requiere mucha paciencia con uno mismo, y quizás lo primero sea recordar que no se trata de borrar lo sucedido ni de exigirte un sentimiento que aún no puedes tener. Fray Luis de Granada nos ofrece una perspectiva que puede aliviar esa presión, al invitarnos a mirar el perdón no como una deuda hacia quien nos hirió, sino como un acto de misericordia que recibimos nosotros mismos primero:
«Y si dices que es cosa muy dura amansar el corazón embravecido, ¿cómo no miras cuánto más duro fue lo que el Hijo de Dios padeció por ti? ¿Quién eras tú cuando él por ti derramó su sangre? ¿Por ventura no eras su enemigo? ¿No consideras también con cuánta mansedumbre te sufre él, pecando tú a cada hora, y cuán misericordiosamente te recibe cuando a él te vuelves? Dirás que no merece tu enemigo perdón. ¿Por ventura mereces tú que Dios te perdone? Que Dios use contigo de misericordia, ¿y tú quieres usar con tu prójimo de justicia? Mira que, si tu enemigo es indigno de perdón, tú eres indigno para haber de perdonar, y Cristo dignísimo por quien le perdones» [1].
Estas palabras no buscan minimizar tu dolor, sino cambiar el centro de gravedad: el perdón no se sostiene en la dignidad de quien ofendió, sino en la inmensa misericordia de Cristo que nos sostiene a nosotros. Cuando sientas que no puedes perdonar porque la otra persona no lo merece, quizás puedas recordar que tampoco nosotros lo merecemos, y sin embargo somos amados infinitamente. El perdón, entonces, comienza por dejarnos amar por Dios en nuestra propia herida, antes de intentar ofrecerlo a otros.
También es importante saber que Dios no nos pide juzgar desde nuestra oscuridad o desde la apariencia del daño, sino confiar en que Él ve lo que nosotros no podemos ver. Santa Catalina de Siena nos enseña a abandonar el juicio que nos atormenta y a asumir, en su lugar, la compasión:
«Quiero pues, y debes querer tú y los otros siervos míos, que os deis a conocer perfectamente vosotros mismos, para que más perfectamente conozcáis mi bondad en vosotros. Y este y cualquier otro juicio dejádmelo a mí, porque es mío y no vuestro; pero abandonad el juicio, que es mío, y tomad la compasión con hambre de mi honor y de la salud de las almas» [3].
Quizás perdonar sea, en este momento, simplemente eso: dejar de cargar con el peso del juicio sobre el otro y sobre ti mismo, y permitir que sea Dios quien sostenga esa situación, mientras tú buscas la paz en Su presencia y no en la resolución inmediata del conflicto.
Espero que estas palabras te hayan ofrecido un poco de luz y alivio en medio de este proceso. ¿Te ha resonado algo de esto en lo que estás viviendo ahora mismo?