Me parece que en tu pregunta hay un deseo profundo y legítimo de certeza, de tocar algo verdadero que no se desvanezca ante la duda. Es natural que el alma busque ese fundamento, y me pregunto si esa búsqueda misma no será ya una forma en que Dios se está haciendo presente en ti, aunque sea en la oscuridad de no verlo claro.
San Anselmo, en su propia búsqueda, expresó con una honestidad conmovedora esa tensión entre el anhelo de Dios y la sensación de su ausencia, y quizás sus palabras resuenen con lo que llevas dentro: «Ea, ahora, hombrecillo, huye un poco de tus ocupaciones, escóndete un momento de tus pensamientos tumultuosos. Deja ahora las pesadas preocupaciones y pospone tus laboriosas distracciones. Dedícate un poco a Dios y descansa un poco en él. "Entra en el aposento" de tu mente, excluye todo excepto a Dios y lo que te ayude a buscarlo, y "cerrada la puerta", búscalo. [...] Desea encontrarte con él e ignora tu lugar. Afecta buscarte y desconoce tu rostro. Señor, Dios mío eres y Señor mío eres y nunca te he visto. Tú me hiciste y me rehízo y todos los bienes me conferiste y aún no te conozco» [4].
Al leer esto, siento que el santo nos recuerda que no saber ver a Dios no significa que Él no esté; a veces es precisamente en ese espacio de búsqueda honesta y de aparente lejanía donde Él nos invita a entrar «en el aposento» de nuestro propio corazón para encontrarnos con Él de un modo nuevo. No se trata de una ausencia, sino de una presencia que se deja buscar.
Y cuando esa búsqueda se prolonga sin consuelos sensibles, San Alfonso María de Ligorio nos ofrece una luz preciosa sobre cómo interpretar ese silencio: «No siempre la aridez es castigo, sino a veces disposición de Dios para nuestro mayor provecho, y para conservarnos en humildad. [...] Quien hace oración con dulzuras no hace gran cosa. [...] Cuando Dios envía oscuridad y desolación, entonces prueba a sus verdaderos amigos. [...] Perseverar en la oración con aridez es más provechoso que orar mucho con devoción sensible» [3].
Tal vez esa sensación de no tener pruebas tangibles no sea un fracaso de tu fe, sino una invitación a conocer a Dios no como una idea que se demuestra, sino como una Persona que se confía en la oscuridad, donde la adhesión a Él es más pura porque nace del amor y no del sentimiento. La realidad de Dios, en este camino, se va revelando menos como un dato que se verifica y más como una presencia que se experimenta en la fidelidad de permanecer buscándolo incluso cuando no se siente.
Quizás también te preguntes cómo distinguir si lo que se experimenta en ese buscar es verdadero o solo ilusión. Santa Teresa de Jesús nos habla de una certidumbre interior que no depende de los sentidos, sino de una transformación profunda: «Se entiende claro, por unas secretas aspiraciones, ser Dios el que da vida a nuestra alma, muchas veces tan vivas, que en ninguna manera se puede dudar, porque las siente muy bien el alma, aunque no se saben decir... Porque así como no nos podría venir un gran golpe de agua si no tuviese principio, así se entiende claro que hay en lo interior quien arroje estas saetas y dé vida a esta vida, y que hay sol de donde procede una gran luz» [5].
Es una certeza que no siempre llega como argumento, sino como una paz y una vida nueva que brotan de dentro y que el alma reconoce como venidas de Otro. No es algo que podamos fabricar; es un don que se recibe cuando Él quiere, y mientras tanto, la misma búsqueda humilde y perseverante es ya un modo real de estar con Él.
Espero que estas palabras hayan resonado con lo que tu corazón está preguntando y te hayan ofrecido un poco de luz en este camino de búsqueda. ¿Te ha ayudado esto a sentirte más acompañado en tu duda?