Siento profundamente la ausencia que ha dejado esa persona amada en tu vida, y no quisiera ofrecer palabras que pretendan llenar un vacío que ahora mismo es sagrado y real. Quiero simplemente permanecer contigo en este espacio de dolor, sin prisa por llegar a ninguna resolución, porque el duelo es una herida de amor que necesita ser escuchada antes que explicada.
Entiendo que la lejanía de Dios se siente hoy entrelazada con este duelo, como si el silencio de la pérdida resonara también en la oración. San Juan de la Cruz describe con una honestidad que quizás reconozcas en tu propio pecho cómo esta oscuridad toca lo más profundo del alma: «Lo que esta doliente alma aquí más siente, es parecerle claro que Dios la ha desechado y, aborreciéndola, arrojado en las tinieblas, que para ella es grave y lastimera pena creer que la ha dejado Dios. [...] Porque, verdaderamente, cuando esta contemplación purgativa aprieta, sombra de muerte y gemidos de muerte y dolores de infierno siente el alma muy a lo vivo, y consiste en sentirse sin Dios y castigada y arrojada e indigna de él» [3]. No estás fallando en tu fe al sentir esto; estás habitando un dolor que incluso los santos han reconocido como parte de un camino humano y espiritual real.
Quizás en este momento no se trata de buscar consuelos inmediatos, sino de permitirte habitar esta pregunta sin exigirte respuestas. El papa Benedicto XVI nos recuerda que el mismo clamor de Jesús en la cruz es un lugar donde podemos permanecer con nuestra propia voz quebrada: «Ne ipse quidem obstat quominus nos, sicut Iesus in cruce, clamemus: "Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquisti me?" (Mt 27, 46). Consistere nos oporteat hac cum interrogatione eius ante vultum et orantes colloqui: "Usquequo, Domine, sanctus et verus" (Apc 6, 10) cunctaris?» [6]. Tu pregunta "¿por qué me siento tan lejos?" puede ser, en sí misma, una forma de oración honesta, un modo de estar ante Dios tal como eres ahora, sin máscaras de serenidad que aún no te pertenecen.
No hay nada que debas apresurarte a sentir o a creer; tu dolor tiene derecho a ser tal como es. Si en algún momento deseas que busquemos juntos otros modos de acompañar este camino, o si prefieres simplemente saber que alguien escucha sin juzgar tu silencio, aquí estaré, a tu ritmo. ¿Pudieron estas palabras hacerte compañía en el lugar donde te encuentras ahora?